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Cosas del equilibrio térmico

Frío

Creía estar inmersa en un otoño cálido e interminable en el que, las terrazas y el solecito permitían que, casi a final de noviembre, pudiera broncearme y, repentinamente, ha llegado una ola de frío que me ha helado la anatomía externa y parte del sistema neuronal.

 

No se si a vosotras y vosotros os pasa, pero a mí, cada vez que hay un cambio importante de temperatura y tengo que cambiar mi modo de vestir y no solo por adaptarme a la dictadura que impone el señor Farenheith me ocurre algo paradógico. Es decir, me cuesta reconocerme físicamente. Me explico: en verano, o incluso en otoño, me permito jugar con prendas como las faldas largas, camisetas, cazadoras tejanas y cosas parecidas. En tales envolturas me reconozco, incluso hay quien dice que definen mi propio estilo, mejor o peor, pero mi estilo.

Siempre he creído que las prendas se adaptan a mi y no a la inversa, incluso he comentado en alguna ocasión que ellas me buscan desde los escaparates para llamar mi atención sin yo pretenderlo y, cuando esto ocurre, significa que pasarán a formar parte de mi armario y de mi vida inmediata.

 

Siendo así, tal como cuento, mi vestuario y yo formamos un tándem perfecto, nos conocemos, él y yo sabemos, ¬—según el estado de ánimo— qué elegiré cada día, con que zapatos lo combinaré y con que pendientes finalizaré el look. Agrego: Los pendientes tienen un gran protagonismo en mi vida, me encantan, los prefiero grandes, vistosos y sin remilgos cromáticos.

 

Cambia el tiempo de golpe, drásticamente, y aunque luzca el sol, la temperatura no permite hacer uso de las terrazas y por consiguiente, mi piel se torna pálida, dejo atrás ese color dorado que me concede cierto aire deportivo muy favorecedor. Ahora se trata no solo de vestir a mi estilo, ahora, además de esto, debo protegerme del frío.

 

Recupero todas aquellas prendas que estaban aparcadas desde hace mucho tiempo, y por tanto, no soy tan yo como con las camisetas y faldas hippies que me han acompañado durante tanto tiempo. Las cazadoras ya no abrigan lo suficiente, debo sustituirlas por chaquetones o abrigos e intentar que, arropada por ellos, me vaya reconociendo nuevamente, en un ejercicio de progresiva simbiosis amistosa.

 

No soy esclava de la moda en absoluto. No quiero dar esta impresión porque sería incierta, pero si pretendo que las prendas que me pongo adquieran un signo identificativo y pasen a formar parte de mí imagen personal. Eso me hace sentir cómoda. A veces, la ropa más preciada ha sido adquirida en algún mercadillo callejero y conserva ese sello que, inauditamente, me enamora de manera irreversible.

 

Creo que necesitaré unos días para reconciliarme con mi tez más clara. Necesitaré unos días para volver a amigarme con mis gruesos jerseys de lana, pantalones de invierno, abrigos, bufandas, guantes y botas.

 

Pese a todo lo antedicho, y que es absolutamente cierto, no puedo dejar de sentirme afortunada por ser este asunto uno de mis problemas. Feliz problema.

de Mariana Bellido el 03/12/2017

Comentarios:

Bosquina el 06/12/17 a las 16:51
Me encanta

Apreciado amigo, son un lujo tus comentarios. Un placer como me presientes, procuraré no defraudarte. Gracias por leer-me y comentar. Un "cálido" abrazo.

FRX el 05/12/17 a las 15:16
Me encanta

Sin olvidar que la belleza va por dentro, por mucho que nos adornemos. Y en tu caso, al leer tus escritos asi lo presiento.

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