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Y de nuevo el calor

Campos en flor

Y la primavera ha hecho su entrada sin previo aviso. Ayer era invierno, hoy, gracias al cambio de estación nuestra sangre se altera, como dice el refrán. Y los comentarios sobre este fenómeno en los ascensores y taxis se repiten una y mil veces. Son ejemplos de dialéctica supina que no sirven absolutamente para nada y uno, al iniciarlos, ya conoce su esterilidad: «Vaya tiempo más loco, antes no era sí». «Ayer llovía y hoy hace sol». «Ha llegado el calor sin darnos cuenta. No sé que ropa ponerme». «Hoy he salido de casa con esto y ya me lo he tenido que quitar».

 

Y los refranes: “Marzo ventoso y abril lluvioso, sacan a mayo florido y hermoso”.

 

Lo de las mil lluvias de abril se ha cumplido más o menos en Cataluña, que es donde resido.  Nos han visitado lluvias pertinaces, jornadas de color gris plomizo con el cielo desaparecido hasta que de pronto y en varias ocasiones ha ocurrido el milagro: Se ha hecho la luz, y el cielo se ha teñido de un color azul pastel hipnótico, cual cuadro de Sorolla o de Constable e incluso propio de la Escuela del Río Hudson si es que queremos ponernos pictóricamente rigurosos. A la vez, toma ya,  ha subido el registro de los termómetros y hemos comenzado a dejar en casa las prendas de abrigo y nos sentimos florecientes como la época, renovados por las horas de luz, y con las endorfinas a tope y capaces de escribir poemas adolescentes.  Las tardes se dilatan en el tiempo, apagamos la calefacción, abrimos las ventanas, salimos al mundo desde un prisma más cercano, como si los jerseys, los abrigos y bufandas hubieran sido un blindaje para protegernos no sólo del frío, sino también del prójimo.

Me divierte esta época por la diversidad de vestimenta que utilizamos. Mezclamos botas con faldas maxi. Aún no es momento de poner los pies al aire libre con las sandalias. Quienes salen temprano de casa, aún no se atreven a deshacerse de la bufanda que al mediodía les supone un incordio. Los hay que deseosos de cambiar el color oscuro de invierno, a la primera que sale el sol, se visten con un estallido de color opuesto a la piel pálida tan protegida durante el invierno.

 

Esa disparidad me transmite un aire de libertad, me muestra lo opuestos que somos los unos de los otros y lo fácil y bonito que resultan las diferencias cuando son aceptadas con normalidad en algo tan personal como es la indumentaria.

 

Yo me reconozco algo indecisa para pasar del invierno a la primavera, lo digo sin pizca de orgullo y soy consciente de que es más un problema personal que una virtud.

 

Soy incapaz de ponerme calzado primaveral y lucir mis blancas piernas sin que antes hayan visto un poco de sol, (tontería, lo sé) quizás por eso haya adoptado de forma casi permanente el uso de faldas largas, que me hacen sentir menos expuesta a la palidez epidérmica. Curiosamente, no soy nada tímida para hablar de mis complejos y reconocerlos sin rubor, incluso puedo bromear sobre ellos como para quitar hierro al asunto, pero creo, que existe un territorio idealizado del que no quiero salir, es un lugar  en el que me hallo más o menos a gusto con la imagen que quiero proyectar de mí misma.

 

Dicho territorio de trasiego ropero sólo emerge en el cambio de estaciones y, con mucha fuerza, en primavera. Estoy en él.

de Mariana Bellido el 22/04/2018

Comentarios:

Bosquina el 22/04/18 a las 16:37
Me encanta

Que viva!!!! y que nos regale muchos subidones...puesto que la estaci?n es propicia. Feliz primavera y gracias por comentar FRX.

FRX el 22/04/18 a las 15:22
Me encanta

Pues,.... viva la primavera!!!!! ... que la sangre nos altera...

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